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Que Mamada
Soy un chica normal de 23 años y
siempre he sido una mujer clara con respecto al sexo. Me encantaban
los hombres. Mi nombre es Carol y vivo en la capital. De cuando en
cuando voy a la ciudad donde vive mi familia, en el interior. Cuando
voy, siempre voy a ayudar a mi padre en su despacho. Los dos tenemos
la misma profesión. La última vez fuí por varias semanas, por lo que
pude conocer a su asistente, una joven de mi edad, bonita, pelo
rizado, 1,55 cm y bonito cuerpo. Claro, no es una modelo, pero yo
tampoco andaba buscando mujeres. Lo mío eran los chavos.
Un día noté que Adriana (la asistente de mi padre) no se había
afeitado las piernas, y se lo comenté un poco molesta, pero ella me
dijo que le irritaban. Decidí ayudarla. Le dije que tenía una crema
para eso, que si deseaba la podía ayudar. La chica aceptó de una
forma tan inocente como la mía. No sabíamos lo que pasaría. Quedamos
en permanecer en el despacho después del cierre al día siguiente.
Cuando la ví al día siguiente, la noté un poco extraña, además de
tener una falda tan corta que hasta a mí me excitaba.
Después de cerrar procedimos como
amigas al afeite. Mientras la afeitaba, le decía que yo me afeitaba
hasta la vagina, por lo cual ella quedó sorprendida. Luego de
pensarlo un rato me dijo que se la afeitara también. Como estábamos
en un sofá de despacho, le fue fácil quitarse la tanga. Entonces vi
algo que me estremece desde ese día: la belleza de una vagina ajena.
La afeité, sí, pero me estaba corriendo por dentro de sólo
imaginarla. Claro que nunca pensaría en un avance con ella... Cuando
ella me dijo que le había irritado los labios vaginales, no sé por
qué pero inmediatamente se los acaricié con la lengua, a lo que ella
dijo "oye, eso no vale, sabes que estoy excitada".
Sin saber qué responder volví a su
vulva con mayor fuerza, con la lengua en su clítoris, arriba y abajo,
y con mi dedo meñique en su ano. Suavemente me dijo que quería más,
a lo que puse un par de dedos en su vagina. En todo momento me decía
"no soy lesbiana, no soy lesbiana, métemelos más y chúpamelo, así".
Yo tampoco era lesbiana, pero no me quejaba. Cuando por fín dejó de
quejarse, tomó mi cabeza y la empujó hacia su sexo. Yo me sentía
como en la gloria, pero quería más. Le dije que me hiciera lo mismo,
a lo que no respondió sino que terminó de desvestirse e hizo lo
mismo conmigo. A pesar de que el sofá era pequeño, nos pegamos una
espectacular mamada, pero no sabía que ella estuviera tan fuera de
sí.
Al llegar al orgasmo, me bañó la cara
con sus deliciossos jugos y decidió que no era suficiente. Se
decidió a mamarme el ano. Ningún hombre lo había hecho y menos una
mujer. Fue una sensación tan arrobante que me corrí a los dos
minutos de sentir sus dedos en mi vagina y su lengua en mi ano.
Seguimos así como dos orgasmos más, luego nos vestimos y nos fuimos
a tomar una cerveza. Obviamente, cada vez que voy al pueblo a
visitar a mi padre, llamo para decirle a su asistente que prepare la
crema de afeitar y la lengua de mamar.
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